¿Quién soy? no sé, pero ya no quiero ser esa voz petulante en mi cabeza. Por razonar y razonar sin parar, a veces no escucho al pájaro que detenido observo. Categorizo y clasifico en un santiamén la risa de alguien que acabo de conocer, en vez de también reír y llanamente saludar. Las justificaciones surcan una y otra vez, derrapando por mi mente, como en un polvoriento circuito de coches de carreras, dan bandazos en las paredes de mi cráneo… Aunque variable pertenece al árbol familiar de varía, estar como maniático a la caza de esos indicadores no me vuelven a mí un observador flexible, y esto me parece incomprensible. Más tarde sé que estoy vivo, porqué cuando de repente tropiezo con el caldo existencial, mis emociones se inflaman y viene el embotellamiento, se ensordece todo en mí.

De chaval, pibe o fiñe, me atiborraba de palabras cantadas, en Cuba la música de autor ha tenido varias eras….

Aquí vale introducir esa distinción entre: culpa e irresponsabilidad. Mi ser más recóndito fue el irresponsable y mi gallarda lógica la culpable. Y sí, lo digo así posesivamente -mi lógica- es porque esta muy ligado a mi trayecto hasta hoy, y no porque quiera denunciar a la lógica en general. Eso tampoco significa que más adelante no vaya a mencionar alguna chupadora directriz herrada en la sociedad de antes de ayer, de ayer, la de hoy, y que mañana seguirán estando ahí.

Por común carambola en mi niñez no fui expuesto muchas veces aquellos mítines políticos de Fidel Castro, que emitían por la tv nacional, discursos que quizás eran revolucionarios en geopolítica pero famélicos de empatía. La casa de mi familia en la Habana era tan pequeña que solo cabía la escasez y mis padres se partían el lomo trabajando, entonces la mejor opción fue que pasara largo tiempo con mis abuelas en el campo.

En casa de una de ellas por las noches solo se encendía el televisor para programas costumbristas y musicales, esa era Antonia la madre de mi Papá; y donde vivía Ester, mi abuela materna, el tocadiscos sonaba todo el día hasta que comenzaba a entrar la noche y luego la radio con el programa nocturno, un clásico de la historia radiofónica de Cuba. De chaval, pibe o fiñe, me atiborraba de palabras cantadas, en Cuba la música de autor ha tenido varias edades, no solo cambiaba un estilo lirico predomínate, también el género musical: son, boleros, el filin, la nueva trova y baladas de timba. Desde mis tres años hasta los once la cantidad de conjugaciones y estilos de melodías me mantenían con el cable a tierra o pateando goles con las nubes, pero nunca a la altura de mi mente en paralelo con la mirada.

Mi primer encontronazo directo con la eficiencia fue en la secundaria. Era una época que buscaba estirar durante todo el día cualquier imagen lírica que se hubiese manifestado en alguna canción; me emocionaba, cogía el lápiz, una hoja de libreta; comenzaba a sentirme un mini poeta. Hasta que una mañana de improvisto, antes de comenzar la primera clase del día, entraron en nuestra aula unos funcionarios del ministerio de educación que nos exhortaban a decir “que queríamos ser de grandes” (así de básico suena en la cabeza de un niño). Nos invitaban a soñar despiertos con nuestra apariencia profesional, todavía no sé porque dije que me gustaría ser ingeniero termonuclear. Después de que la mayoría respondiéramos eso que se nos preguntaban, los metodólogos del sistema educativo cubano empezaron a describirnos cual era el mejor camino para nuestros sueños. Pues sepan que no había muchas opciones, prácticamente todos deberíamos optar por un bachillerato elite, creo que se llamaba La vocacional Vladimir Illich Lenin, o su semejante, un bachillerato militar de nombre Camilo Cienfuegos. Para ambos lugares las plazas eran escasas y la selección era contra escalafón de calificaciones. Al enterarnos, muchos de mis compañeras y compañeros de aula automáticamente renunciaron a sus sueños, y el debate que sobrevivió fue que tan pronto terminara la visita de esas personas de categoría tendríamos que volver al rigor de dar clases. No dije nada sobre ello, pero mi sensación aquella mañana fue de haber soñado en vano. Desde ese instante empecé a sentirme menos poeta, en mi memoria esa es la frontera entre mis primeras ganas de escribir sin complejos y lo que fuera que viniera después. Rendirse es como competir en sentido inverso, te conviertes en la insustancial decoración del juego.


A finales de los 90 Cuba intentaba salir del periodo especial con “raros” malabares, la dictadura racionalizo la veda para que la juventud pusiese en subasta la sensualidad y el talento. La industria se desmantelaba para ahorrar en salarios. Aquello de ser ingeniero termonuclear evidentemente que fue una abducción, claro está que con el tiempo volví a escribir. Al terminar la mili mi madre me consiguió un laboro en la televisión cubana y fue cuando empecé a revolotear alrededor del arte profesional, ser parte de la farándula artística parecía una callejuela que solo subía.  Buscaba competir en todos los ámbitos, vean si es gracioso que siempre me he sentido ateo, pero cuando hablaban de religión yoruba yo también tenía algo que decir, y quería que mis intervenciones sonaran concluyentes. La velocidad de mi vida se volvió centella desparramada , llegué a la farándula televisiva en la madurez de mis vicios por los psicotrópicos químicos, y al fin había alcanzado la cultura etílica.

Desde aquella época siempre he estado trabajado alrededor de lo creativo, pero la edad postmoderna me ha trabajado a mí. El aspecto del olvido es denso, avanza por la mente como esos videos de nubes oscuras a 4x de velocidad, la búsqueda de eficiencia es el viento que las mueve, y van sepultando el inconsciente. …En soledad repasar en bucle una sofisticada teoría que lo explicara todo y luego poder salvar a todos, o tirarme de la cama bien temprano para que sean más horas buscando el éxito desde mi habitación, pero no por encontrarme con la fresca luz en el rocío.

Eficiencia, según una poderosa base de datos (adivinen cual) puede ser sinónimo de poder, y el poder de absolutismo, jerarquía, atribución… la supremacía de mi personalidad por encima del asombro… En estos días que corren, los días de hoy, sigo prefiriendo no saber quien soy. Qué enterarme sobre cómo me evalúa la sociedad, me aleje de disfrutar ver a mis gallinas correr a mi lado en la tarde noche, cuando las llevo al gallinero a que duerman. Ya no sueño buscar una felicidad que esté en deuda con lo que sea que signifique “el success”.